jueves 30 de abril de 2009






Como era costumbre en aquellos tiempos, la voluntad decidida de las dos monjas las hizo saber de un caballero adinerado que vivía en la Ciudad de México llamado Luis de Ribera, quien deseaba fundar en México un convento de monjas carmelitas, y había solicitado que viniese de España una fundación; y si esto no era posible, un Breve Pontificio para fundarlo aquí con las señoritas que quisiesen.

Por medio de Fray Pedro de San Hilarión, las monjas solicitaron la amistad de Luis de Ribera. Y no pudieron haber establecido mejor vínculo, pues Fray Pedro gozaba con el fervor religioso y el deseo de propaganda, además de haber venido de fundador de su orden a México y haber sido 27 años continuos Prelado en diversas fundaciones, por lo cual no le era desconocido el camino a emprender. Al fin, Luis de Ribera pudo entrevistarse con las religiosas y éstas aprovecharon la ocasión para pedirle que las ayudara y exigirle que jurara una promesa, y él la concedió. La promesa era la de tenerlas como sus fundadoras, pero recelando al mismo tiempo que por su edad avanzada y poca salud no pudiera ser capaz de cumplirles su deseo. Con esto en mente, las monjas se adelantaron hasta pedirle que en su testamento las nombrase fundadoras y les dejase en herencia el convento. Luis de Ribera aceptó tales requerimientos pero postergó los trámites necesarios. Al morir, en su testamento hecho con anterioridad , se nombraba como su albacea al Arzobispo de México, el cual tenía todas las facultades para llevar adelante la fundación. La muerte del arzobispo trajo a otro sucesor, y éste al igual que el pasado, postergó cualquier comienzo de las obras de las monjas, poniendo como pretexto que lo comenzaría hasta verse Virrey. A pesar de las súplicas y de la insistencia de las religiosas, la promesa que algún día hiciera Luis de Ribera no se vio consumada. La muerte de este último arzobispo convertido en virrey al poco tiempo, trajo a un nuevo personaje a su puesto y con él a Doña María de Riedrer, su esposa. Esta señora tenía particular afecto por las monjas carmelitas pues vivió con ellas tres meses en España, así que cuando supo que no las había en México, se extrañó y procuró que se llevase acabo la proyectada y postergada fundación.

Fue así, que las casas de Luis de Ribera situadas al costado del Palacio Arzobispal fueron tomadas. Tales hogares se encontraban divididos en viviendas ocupadas por diversas familias, las cuales fueron desalojadas. Inmediatamente puso el Arzobispo en conocimiento del Virrey el haber tomado posesión de las casas y la resolución de comenzar la obra al día siguiente. Sin embargo, el Virrey comenzó una estricta prohibición de que se fundasen conventos sin que hubiese antes un fondo bastante para su manutención, así que mando a detener la obra que se proyectaba por no contarse para ella sino con limosnas contingentes.

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