
Por otra parte, mientras este pleito tenía lugar, uno nuevo atacaba a las monjas: sus similares, las monjas carmelitas descalzas del convento de Puebla, fundado pocos años antes, juzgaron inconveniente que no fuesen ellas las que fundaran este nuevo convento de su orden. A pesar de esta nueva amenaza, Inés de la Cruz y Mariana de la Encarnación se limitaron a no reconocer la queja de las otras. Tal actitud inquietó a las de Puebla y para cuando el convento concluyó sus obras, insistieron en que se les entregase, exponiendo su solicitud en una carta de más de veinte hojas.
La obra finalmente pudo comenzar y no escaseaban las limosnas y se proseguía con empeño. El Virrey se rehusaba a consentir la fundación del convento y exigía para ello una gran cantidad de dinero. Las monjas no se desalentaron por tal exigencia y trataron de conseguir el dinero con el hermano de una de ellas. La encuesta fue dura, pues no lograron reunir la cantidad requerida, pero en lugar de aquello lograron una limosna bastante generosa y regalos para la iglesia.
La obra continuó con rapidez, y al cabo de ocho meses se pensó en recibir a las monjas en el claustro, aunque con bastante incomodidad, pues aunque había algunas celdas, no eran habitables. Aun así, las dos fundadoras, con sus novicias, durmieron algunos meses junto al coro bajo. El templo y el monasterio, fueron construidos gradualmente desde los primeros años del siglo XVII y se señaló el día primero de Marzo de 1616 para abrir las puertas del convento de Santa Teresa. Sin embargo, dada la rapidez de las obras y las ansias por habitarlo el lugar no ofrecía comodidad a las monjas, ni prometía larga duración. Fue solamente hasta mediados del siglo XVII que el capitán D. Esteban de Molina puso manos a la obra, y básicamente el medio monetario, para reedificar la habitación de las religiosas teresas, y para construir un nuevo templo que, concluido, se dedicó el día 11 de septiembre del año 1784 a su reinauguración. De 1678 a 1684 cobró la fisonomía barroca que conserva hasta nuestros días, y en el que prevalece un diseño austero acorde con la filosofía de la orden de religiosas de las Carmelitas Descalzas que lo habitaron.
La obra finalmente pudo comenzar y no escaseaban las limosnas y se proseguía con empeño. El Virrey se rehusaba a consentir la fundación del convento y exigía para ello una gran cantidad de dinero. Las monjas no se desalentaron por tal exigencia y trataron de conseguir el dinero con el hermano de una de ellas. La encuesta fue dura, pues no lograron reunir la cantidad requerida, pero en lugar de aquello lograron una limosna bastante generosa y regalos para la iglesia.
La obra continuó con rapidez, y al cabo de ocho meses se pensó en recibir a las monjas en el claustro, aunque con bastante incomodidad, pues aunque había algunas celdas, no eran habitables. Aun así, las dos fundadoras, con sus novicias, durmieron algunos meses junto al coro bajo. El templo y el monasterio, fueron construidos gradualmente desde los primeros años del siglo XVII y se señaló el día primero de Marzo de 1616 para abrir las puertas del convento de Santa Teresa. Sin embargo, dada la rapidez de las obras y las ansias por habitarlo el lugar no ofrecía comodidad a las monjas, ni prometía larga duración. Fue solamente hasta mediados del siglo XVII que el capitán D. Esteban de Molina puso manos a la obra, y básicamente el medio monetario, para reedificar la habitación de las religiosas teresas, y para construir un nuevo templo que, concluido, se dedicó el día 11 de septiembre del año 1784 a su reinauguración. De 1678 a 1684 cobró la fisonomía barroca que conserva hasta nuestros días, y en el que prevalece un diseño austero acorde con la filosofía de la orden de religiosas de las Carmelitas Descalzas que lo habitaron.
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